El universo desde la fe cristiana   Leave a comment


Según el método científico, las teorías son confirmadas o abandonadas si los resultados de los experimentos y observaciones sobre la realidad no verifican las conclusiones que se han anticipado. En ocasiones, esos mismos experimentos proporcionan datos novedosos que no encajan en las teorías existentes y que requieren nuevas formulaciones. En su conjunto, el desarrollo de este método implica un proceso interactivo donde teoría y experiencia se modifican mutuamente hasta lograr avances en nuestra cosmovisión, que recién cuando se logra la síntesis consideramos como segura. Una seguridad relativa, que se mantiene dentro del marco de validez en el cual las ideas han sido comprobadas.

El concepto de Universo que analizaremos en esta segunda parte proviene de fuentes muy distintas a la ciencia. En este caso, los conceptos sobre los cuales se debe razonar (y que como veremos, llaman a obrar en consecuencia), provienen de una experiencia espiritual en cuyo inicio se sitúa Dios mismo. Y Dios no es una idea filosófica. Para todos los monoteístas es una Persona. Es el Ser por excelencia, el único Ser Necesario, según el mismo se nos ha revelado: Dios es el que Es, es decir, el único ser que Es por sí mismo. Los demás somos seres contingentes, creados por Él.

Cuando afirmamos que somos seres contingentes, no introducimos ninguna novedad respecto de la visión anterior: para la ciencia, esto también es una evidencia. El hombre no ha creado el universo ni se ha creado a sí mismo, y por lo tanto, respecto de la naturaleza también somos contingentes. Pero en nuestra concepción religiosa hay una diferencia fundamental, Dios se sitúa por encima de la naturaleza, es tanto Creador de la naturaleza como Creador nuestro. En este sentido Dios es superior al destino, a diferencia de otras religiones de la antigüedad que, como la griega, suponían a sus dioses sometidos a éste.

El punto de partida, nuestra primera afirmación en este camino es, entonces, nuestro reconocimiento personal y la aceptación (al menos), de la posibilidad de existencia de ese Ser. Sin este paso no podemos avanzar ni entender la nueva concepción del universo que nos plantea la fe.

Ese paso de afirmación nunca es completo, no carece de dudas, ni es el único en la vida de un hombre. Podemos identificar y observar en otros seres humanos los avances y los retrocesos en el crecimiento de su relación con Dios. Una relación que se construye mediante la reflexión pero fundamentalmente, mediante experiencias espirituales en las cuales cada ser humano comienza a considerar por distintos caminos, que ese universo físico del cual él mismo forma parte, en el que se desarrolla y evoluciona, al cual se asoma con su pensamiento, tiene un sentido. Un sentido que como hombre puede llegar a comprender.

Entonces, la imagen que el hombre se forma a partir de la fe, no es la de un universo producto del azar ni de fuerzas ciegas y extrañas. Tiene un propósito establecido, una dirección de evolución hacia un fin determinado que lo justifica y lo trasciende. El hombre entiende que si bien él mismo es una criatura, una parte casi insignificante de la creación, su Creador se preocupa, gratuitamente, por su crecimiento y desarrollo dentro de ese sentido global que dio al universo.

La experiencia de la fe no es una experiencia fácil ni masiva. Se inicia personalmente, se desenvuelve persona a persona, a media luz y en voz baja. Dios se manifiesta mediante “un susurro” (Salmo 18, versículos 2-3), como una “leve brisa” (Elías) o se oculta “tras una nube” (Moisés). A nosotros nos llega por medio de un libro, la palabra de un amigo, una enfermedad,… por mil caminos que debemos aprender a transitar para reconocerle. Dios no fuerza la libertad humana, el hombre tiene en cada etapa de crecimiento personal la posibilidad de aceptarlo o de negarlo, de comprenderlo o rechazarlo.

Pero el crecimiento y la maduración del contenido de la fe, el dogma, no es tarea individual, fruto de un pensador solitario, sino que se deriva de una experiencia comunitaria desplegada a lo largo de una historia de milenios. Por ello, en el comienzo de esta segunda explicación del origen del universo, el ser humano no involucra sólo su raciocinio; necesita aceptar personalmente que Dios le confiere un sentido maravilloso a esa realidad que él, como hombre, observa, sufre y modifica. Asume también que ese sentido escapa a su voluntad y que sobrepasa a la razón y al conocimiento humanos. El hombre no es autor del proyecto de la creación, pero puede escrutar sus huellas y formular teorías, que siempre dependerán de la revelación. Al cambiar su cultura con los tiempos, ese sentido sobre su destino no se le manifiesta de manera inmutable, de una vez y para siempre. Su interpretación se desarrolla en la historia y evoluciona según progresan los conocimientos humanos. Su experiencia personal tiene sentido como una prolongación de la experiencia que tienen de Dios muchos otros hombres: un pueblo entero, el “pueblo de Dios”. Comunidad de fe a quien Dios elige no por mérito, sino gratuitamente, por amor. La fe no es nuestra fe, es la Fe de toda la Iglesia.

Detrás de cada interpretación científica sobre el universo que los hombres construimos, cada vez de manera más compleja y perfecta, resplandecerá ese sentido que Dios le ha dado y vendrá a iluminar el conocimiento que nos forjamos con la razón. Recién comprendemos completamente la naturaleza cuando además de observarla con los ojos de la ciencia, vemos su sentido con relación al plan de Dios. Entonces se vuelve transparente e inteligible, inteligibilidad que no es obra humana, nos viene de Dios, del hecho de compartir con el resto de la creación el carácter de criaturas.

Al conjunto de esa explicación en la historia la llamamos Revelación, (23) y es la base del contenido de nuestra fe. Esa fe nos permitirá interpretar lo que el universo significa para el hombre cuando se le dota de sentido histórico, trascendente y escatológico. La revelación es a la fe, lo que el conocimiento es a la razón.

Ese conocimiento reconoce dos fuentes concretas: la Tradición y las Sagradas Escrituras. La Tradición oral, es anterior a las Sagradas Escrituras. Las sagradas escrituras recogen la revelación, en primer lugar, la que Dios otorga al pueblo de Abraham y de Jacob por medio de sus profetas, y luego, ya definitivamente, por medio de su Palabra encarnada: el Logos, Jesucristro nuestro Señor. A través de los discípulos que Él eligió, llega al pueblo de Dios, y por su intermedio debe llegar a todo el resto de la especie humana.

Para los católicos, la Tradición se expresa por el Magisterio de la Iglesia, depositaria del contenido de ese Logos y responsable de su adecuación a cada momento histórico, de la adecuación a “los signos de los tiempos”. Esas son las dos fuentes inseparables que tiene la fe cristiana para interpretar el origen del universo: la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia.

Volver al índiceLas ideas del Génesis

Si queremos comenzar el análisis de las fuentes que provienen de la Sagrada Escritura, debemos recurrir a la tradición escrita en el Antiguo Testamento que recibimos del pueblo de Israel (24). Las referencias al origen del universo en la Sagrada Escritura están al comienzo de su primer libro, “El Génesis”. En su capítulo I, primer versículo, la Biblia dice: “Bereshit bara Elhoim…”, es decir: “Al principio creó Dios el Cielo y la Tierra…”.

Dios: el Ser necesario, el que es por Sí Mismo, como le dirá luego a Moisés desde la zarza ardiendo, creó cuanto conocemos. Nadie en la Tierra podrá asignar a Dios un nombre humano, lo mejor que podemos decir de Él, nos lo ha revelado Él mismo: Soy el que soy. Nos ha creado y nosotros no podemos salvar ese abismo, y es Él quien toma la iniciativa.

É9l ha creado el “átomo primigenio”. Ha creado la Tierra que estaba antes que nosotros, el Universo que estaba antes que la Tierra, y Él es antes que el Universo, el tiempo y el espacio. Esta idea de Dios, trascendente a toda idea, materia o energía que podamos pensar, está diseminada en toda la concepción bíblica vetero-testamentaria. Dios trasciende todo lo natural. Los textos de la revelación se multiplican: El Génesis II, 5-25, Los Salmos, 2 Macabeos VII, 28…

Esa concepción pasa completa al Nuevo Testamento. “De muchas maneras habló Dios a los hombres, hasta que envió a su propio Hijo”…, a su Palabra [S. Pablo]. Dios envía su Palabra a la Tierra (25). Pero su Palabra, ya existía desde antes de la creación.

Nos dice San Juan Evangelista en el siglo II (DC): En el Principio era el Verbo…[Jn. 1,1]. La palabra de Dios, el Cristo, era anterior al universo y Cristo es el prototipo del ser humano, el nuevo Adán. Esta revelación alcanza una dimensión que trasciende todo pensamiento: por una parte, Dios toma forma humana y asume esta naturaleza, pero por otra el hombre, encuentra su origen como naturaleza, antes de la creación.

La posibilidad que tenemos de entender ese sentido que para nosotros tiene el mundo natural, nos viene de la Palabra de Dios, que ya existía antes de la creación. Si hubo evolución, Dios conocía su resultado antes de su comienzo. Por lo tanto los hombres, nosotros mismos, fuimos pensados por Dios antes de la existencia del tiempo y estamos destinados aquí, en esta Tierra, al encuentro con Él.

Naturalmente, la Revelación no dice por que procedimiento fuimos creados, ni nos comunica datos científicos, tenemos la libertad para averiguarlo. La Revelación da sentido a nuestra vida y nos indica cómo debemos vivirla, porque simultáneamente, la libertad que Dios nos dio, nos fuerza a elegir en cada momento: podemos asumir nuestro destino y llenar nuestra vida de sentido o rechazarlo y vaciarnos de Él.

Después la Tradición de la Iglesia, ya sin la presencia viva de la Palabra Encarnada, pero asistida por el Espíritu de Dios, recordará, reforzará y purificará el concepto que se ha forjado de la creación, a partir de la propia enseñanza de Cristo. Por ejemplo, leemos en S. Justino (100-160 dc) (26): …“Es la doctrina que nos enseña a dar culto al Dios de los cristianos, al que tenemos por Dios único, el que desde el principio es hacedor y artífice de toda la creación visible e invisible”.

Fórmula que al final, ya destilada, se incorporará en el Credo o Símbolo Apostólico (s. III): “Creo en Dios Padre…creador del cielo y de la tierra”…, y sería perfeccionada en los concilios posteriores (27) de Nicea (a.325) y de Constantinopla (a. 381), donde aparece en el llamado Símbolo “Niceno-Constantinopolitano” con la fórmula: “Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible…”.

En 1215, en el IV Concilio de Letrán (28), se establece el decreto “Firmiter” que contiene importantes principios como: la unidad del principio creador (Dios es Uno e indivisible, no tiene partes) la distinción entre Dios y el mundo, la creación del universo de la nada (ex nihilo), la naturaleza temporal de la creación (Dios crea también el tiempo) y la extensión de la creación a todos los seres vivos, a la naturaleza entera.

Santo Tomás de Aquino (1212-1274). (29), en la Summa Theol. q. 46, a. 2 comenta que el comienzo temporal del mundo es un dato de fe. Y que la creación de la nada, ex-nihilo, se puede probar con la razón.

Durante siglos, el tema es aceptado así entre los cristianos y deja de ocupar un lugar central en las discusiones doctrinarias. No es central, a pesar de la discusión referente al sistema heliocéntrico en el siglo XVII, ya que considerado bajo la perspectiva de la fe, no afecta demasiado a lo que nos ocupa. En realidad, no se discutió allí sobre el origen del universo y la creación.

Más recientemente, durante el Concilio Vaticano I se vuelve a tratar el tema en profundidad (30), y se establece entre otras cosas que: … “el universo es la obra excelente de un Dios bueno y sabio, que hizo todas las cosas con voluntad absolutamente libre”. Es decir, Dios no ha tenido necesidad de crearlo, la creación es una expresión libre del Amor Divino.

Había surgido una nueva visión científica que ponía en discusión la perspectiva religiosa sobre la creación del hombre, esta vez desde el naturalismo, contraponiéndola con la posibilidad de una continuidad evolutiva a partir de especies más simples, sometidas a procesos de selección natural (Darwinismo).

Rápidamente esta nueva propuesta científica fue considerada una demostración de que la consideración de la existencia de un creador, era totalmente superflua. Frente a la pretensión de anular la visión religiosa de la creación del hombre y del universo, la Iglesia se reafirma sobre los contenidos de la Revelación.

Es prudente destacar, que si bien desde sectores del evolucionismo se consideran ideas sobre el origen del hombre, en realidad no se habla del origen del universo. Y aún más, mucho más que del origen de la vida en el planeta, se trata de una teoría sobre la transformación de formas elementales de vida en formas más complejas. Pero este tema merece una consideración particular, mucho más extensa y detallada, por lo cual se remite a la bibliografía pertinente (que puede encontrarse en la página web citada).

Volver al índiceDefiniciones más recientes

El Concilio Vaticano I define que: “Dios sostiene y gobierna todo lo creado mediante su Providencia”. La aclaración resultó necesaria frente a la reducción mecanicista que se desplegó desde las ciencias físicas durante el siglo XIX, a partir del desarrollo de la “Mecánica Racional” (de Laplace a Mach) y de la Termodinámica. Según estas concepciones reduccionistas, se podría llegar a admitir, válidamente para la razón científica, la existencia de un dios creador, que pone en marcha su creación del universo y luego la abandona a su suerte. O bien la de un panteísmo natural, un dios “relojero” universal que controla y participa en todos los movimientos del universo, es decir, lo que llamamos naturaleza.

Un judío, un cristiano o un musulmán responderían que imposible elevar una oración a un dios así. La idea que nos forjamos de Dios los que creemos en Él, es mucho más trascendente que ésta y a la vez, sorprendentemente, más cercana. Con la formula citada, el Magisterio aclara la concepción cristiana de un Dios personal y providente.

El Vaticano I es prolífico respecto del tema, en la “ Constitución Dogmática sobre la Fe Católica” aclara que … “este único, verdadero Dios, por virtud de su bondad y omnipotencia, no por aumentar su gloria o por adquirirla”…. “hizo el mundo para comunicar su bondad y sus perfecciones”. Dedica un capítulo para especificar las relaciones entre fe y razón declarando que …”hay un doble orden de conocimientos, distinto no solamente por su principio, sino también por su objeto” …[35]. No hace sino confirmar lo que ya exponía Santo Tomás 600 años antes.

Pero el gran documento del siglo XX es el Concilio Vaticano II. La cantidad de temas discutidos fue tan amplia y tan completa que no podían faltar las referencias a la creación del universo (31). La doctrina secular de la Iglesia hasta aquí expuesta aparece reflejada en numerosos trabajos discutidos por los padres conciliares que luego fueron publicados en distintos documentos particulares.

Son un ejemplo las constituciones conciliares tituladas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum” y “Gaudium et Spes”. En ellas se remarcan: el misterio de la creación, la visión cristocéntrica de la misma, la colaboración del hombre, criatura singular de Dios, que actúa como continuador de la obra creada, o la relación existente entre la creación y el fin de los tiempos.

Los temas tratados en los documentos conciliares, por iniciativa del mismo papa que convocó el concilio, Juan XXIII, se discutieron en años posteriores para elaborar con ellos un catecismo que los pusiera al alcance de todos los fieles. De esta forma se incorporaron al pensamiento católico general y al Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo, es un documento cuya redacción fue inicialmente recomendada durante el concilio, concretada durante el Sínodo de Obispos de 1985 y que conoció la luz bajo el Pontificado de Juan Pablo II, 30 años después de haber sido inaugurado el concilio (32).

En su primera parte, el Catecismo analiza la Profesión de Fe o “Credo”. Desde su primer capítulo proclama que el hombre es “capaz” de Dios y en el segundo, que es Dios quien viene al encuentro del hombre. Entre los puntos 279 y 301 analiza los orígenes del universo y destaca la importancia de una buena catequesis sobre estos temas.

La sucesión de los pontífices desde el concilio: Juan XXIII, Pablo VI o Juan Pablo II (33), en varios discursos a la Pontificia Academia de las Ciencias, precisaron los detalles de la doctrina de la Iglesia como lo habían hecho todos los papas anteriores.

También el papa Juan Pablo II, pidió perdón por los errores que pudieran haberse cometido en el denominado “caso Galileo”, como un acto de buena voluntad dirigido al mundo de la ciencia, para reafirmar la importancia que la Iglesia siempre le dado a esta actividad de la razón humana.

En 1998 Juan Pablo II publicó la encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón), donde se plantea para esta relación el doble objetivo del diálogo y la autonomía que destacamos al comienzo de este artículo, que aclarara Santo Tomás y que reafirma lo establecido en el Concilio Vaticano I.

Las siguientes palabras de su santidad J. Pablo II destacan estos objetivos:

“Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos pioneros de la investigación científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial en el cuál los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos, que son una manifestación característica e imprescindible de la persona humana. El científico es muy consciente de que la búsqueda de la verdad… no termina nunca, remite a algo que está por encima del objeto inmediato de los estudios a los interrogantes que abren el acceso al Misterio”.

Desde el mundo católico, siempre ha existido una apertura a la ciencia, estableciendo los puentes necesarios para una comunicación serena y profunda de la verdad que cita su santidad Juan Pablo II en el apartado anterior. A pesar de algunos desencuentros, como el que se suscitó en torno al caso Galileo, la actitud normal entre los católicos fue intentar comprender la ciencia en sus detalles más profundos para encontrarse con el Misterio. En remontar la realidad física hasta la trascendente.

La relación entre la Religión y la Ciencia es muy importante para nosotros, los católicos y los religiosos en general. Algunos de los avances más significativos en la comprensión del universo como el heliocentrismo o la la teoría del Big Bang, se deben a personas de conocida religiosidad. El mismo Galileo, a pesar de lo que se diga en algunos ambientes o en los medios de comunicación, era un católico práctico. Son muchos también los encuentros y diálogos entre grandes científicos con diferentes convicciones religiosas o bien ateos y científicos católicos. Lo normal ha sido siempre el encuentro personal (34), más allá de sus convicciones religiosas, y debería bastar para demostrarlo con observar juntos en esa foto de Albert Einstein y Robert Millikan flanqueando al creador del modelo del Big- Bang, George Lamaître, en 1933.

Pocos años antes de esa fotografía se había establecido la ley de Hubble, Lemaître era un convencido del modelo dinámico, había introducido la hipótesis del átomo primordial en 1931, y Einstein no compartía esa visión científica. Sin embargo allí están juntos. Einstein, que muchas veces alabó el talento matemático del sacerdote y éste, que utilizó las ecuaciones de Einstein para desarrollar su modelo dinámico. Un modelo que incluye el origen del tiempo junto al universo, coincidiendo con la definición de Santo Tomás de Aquino, 700 años antes.

Estas relaciones entre ciencia y fe, dentro del catolicismo, van mucho más allá: el propio Vaticano tiene una Academia Pontificia de las Ciencias donde muchos de los más importantes científicos son invitados a exponer sus teorías. El mismo papa Pío XII fue uno de los más entusiastas seguidores del modelo del Big-Bang, desde antes de su aceptación generalizada por la comunidad científica. Nada más ajeno ni más injusto entonces, que esa acusación de oscurantismo que le llueve a la Iglesia desde determinados ambientes del ateísmo.

Volver al índiceEl fin del Universo

Hemos llegado a la diapositiva final (35) y nos preguntamos: ¿Cuál es el fin del Universo? Podríamos hablar de algunas recientes opiniones científicas en las que se extrapola la “muerte térmica” para un universo en expansión, hacer consideraciones sobre posibles alternativas, analizar la posibilidad de existencia de universos simultáneos, cada uno con sus constantes fundamentales y su Big-Bang, temas sobre los que también especula la teoría.

No parece ser esta la idea buscada por Carlos Pérez para el cierre de una exposición como la preparada en la serie de diapositivas que presentó. A mi entender, el mensaje final que procuran dejarnos estas dos conferencias, es que el fin del Universo, ocurra lo que ocurra físicamente, será la apertura completa a la trascendencia. No se trata de un fin, sino de una finalidad.

Para un hombre de fe, el fin trascenderá todo lo material. No importa el cómo. Desde la ciencia, aunque se especule con hermosas construcciones matemáticas, tampoco se sabe cómo será y mucho menos por qué. Sin embargo, desde la escatología cristiana, sí sabemos que el fin del universo será la realización plena de ese sentido que hoy adivinamos, en el que creemos y que nos permite obrar en consecuencia, para bien de todos nuestros hermanos, los hombres.

Según nuestra concepción, en el final de los tiempos terminará nuestro conocimiento parcial y veremos a Dios tal cual es (1 Cor. 13,12). Dios entonces habrá conducido su creación hasta el reposo definitivo y la gloria para la cual ha creado el Universo, con nuestro Cielo, con la Tierra y con todos nosotros en la cumbre de la creación, permitiéndonos comprenderla y colaborar con ella (Catecismo, 314).

En la ciencia, para explicar la evolución del universo, es necesario unir nuestros conocimientos sobre lo más pequeño, las partículas elementales y sobre lo más grande, los cuerpos de la astrofísica: planetas, estrellas y galaxias. Para explicar el sentido de la evolución de la vida inteligente sobre la Tierra, vemos aquí, que también necesitamos unir lo más grande y lo más pequeño: Dios y el hombre. El hombre carece de sentido sin Dios, queda reducido a una fluctuación sin razón en el universo.

Ocupamos un lugar privilegiado en el Universo: el planeta Tierra. Muchos analizan desde la ciencia misma la causa y justificación de ese privilegio, tratando de calcular la probabilidad de aparición de vida inteligente en otros rincones del universo. Esa probabilidad, al parecer, es bastante baja. La tierra es un planeta habitable, al borde de un brazo de una galaxia, parte de un universo con sus constantes cosmológicas finamente ajustadas para la vida. Y es a la vez, un atalaya que permite observar su sistema planetario, la forma de su galaxia y hasta “los bordes” del universo. Es decir, con las bases para formar en su inteligencia, una cosmovisión científica. Una visión bastante ajustada de la totalidad.

Pero desde la perspectiva que estamos analizando aquí, la razón de ese privilegio trasciende lo físico y lo natural, porque este lugar donde vivimos, es el lugar del encuentro del hombre con su Creador. Aquí el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros. Él establece nuestra dignidad como criaturas. Porque al principio, antes de la Creación, el Verbo ya era.

Esa es nuestra fe.

Publicado noviembre 16, 2011 por Mery en Mitos y leyendas

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